Permítete fallar

Lo siento. Esta semana no me ha dado tiempo a escribir el post para que lo leáis a primera hora del lunes. Bueno, no creo que el mundo se pare.

Dentro música.

Voy a fallar. Creo. (Y resulta que sí)

 

Mientras escribo este párrafo no sé si voy a llegar a terminar el post a tiempo, porque hoy es domingo por la mañana y en una hora como mucho mi niña se va a levantar. Como mucho. Y ahí se acabó mi tiempo para escribir. (Lunes 13/8/18 : Actualización, evidentemente no he llegado, porque ya es lunes por la mañana en Chile/por la tarde en España, y aquí andamos).

Recapacito e intento pensar de dónde sacar el tiempo: Seguramente hará siesta, mi pequeña, así que ahí puedo escribir el post. (Lunes 13/8/18 : Actualización: no lo hice, yo misma dormí una siesta de casi tres horas, de esas en que se te cae  hasta la baba)

Siesta
Me podría haber pasado, de haber tenido gato.

 

Podría también hacer un esfuerzo y quedarme a escribir el post por la noche. (Lunes 13/8/18 : Actualización : Ni de broma, el jet lag me deja durante una semana cual clínex usado a partir de las ocho de la tarde).

Tengo que encontrar tiempo. Empiezo a escribir otra cosa que no es esta, sobre las vacaciones del emigrante. Pienso en gifs, en chascarrillos, en otros artículos relacionados.

Intento escribir algo que os saque la sonrisa del lunes a aquellos que no estéis de vacaciones, y que os entretenga hasta que os bajéis a la piscina, a aquellos que sí. Escribir algo que aporte valor, que os ayude de alguna manera, que os transmita o que por lo menos transmita algo de cómo pienso.

¿Por qué hago esto?

 

Porque me gusta, me gusta y mucho. Me encanta escribir en el blog. Me divierte, me hace recapacitar. No os descubro nada nuevo si además os digo que también lo hago porque, si os gusta como escribo los posts, quizás os animéis con mi primera novela (que por cierto cumple tres meses desde su publicación y está en promoción).

Entonces, si el objetivo es llegar a vosotros cada semana, no me puedo permitir fallar. ¿No?

 

 Pues yo creo que sí. Pienso: ¿De verdad pasa algo si no llego, si publico el martes, o aún mejor, si publico el lunes pero más tarde? ¿Qué va a pasar?

Nada. No va a pasar nada.

Quizás alguien que esté acostumbrado a leerse mi post con el café de la mañana, entre, no lo vea (como ya ha pasado alguna vez, pero por fallos en la programación del blog). O aquellos que os habéis suscrito quizás echéis un pelín de menos la tontería de los lunes en vuestro correo.

Y ya está. Porque el post llegará, tarde o temprano, y la gente que de verdad quiera lo leerá por la noche, o al día siguiente. O quizás esta semana no me lea, lo cual es una lástima, pero ni para esa persona ni para mí se acabará el mundo. ¿No?

Miedo a fallar, miedo al fracaso.

 

Todos tenemos miedo al fracaso, lo que de por sí, no me parece tan malo. El miedo al fracaso puede ser una fuente de motivación, como otra cualquiera. Como todo, si se vuelve obsesivo o excesivo, ahí tenemos un problema. Pero mientras quizás te ayude a impulsarte fuerte, a exigirte más, o a no darte por rendido.

Permítete fallar

 

Vengo de vacaciones, no me ha dado tiempo casi ni a deshacer las maletas (bueno esto sí porque tengo un poco de TOC y es lo primero que hago nada más llegar), todavía me estoy acostumbrando a las 6 horas de cambio horario y a los más de 18 grados de diferencia de temperatura.

Creo que puedo permitirme fallar. Creo que me merezco descansar, o ayudar a que mi hija se vuelva a encontrar en esta casa y en este hemisferio.

Tengo derecho a disfrutar del fin de semana, y de las cosas buenas del invierno (que las hay, aunque pocas): Jugar en la alfombra peluda, ver una peli bajo mi manta roja, o leer a la orilla de la chimenea. Comer y beber un buen vino en el jardín, al calor del sol de invierno.

Además, tengo en las puntas de los dedos una historia corta, que lleva días queriendo salir, pero nunca la dejo, porque siempre la pongo al final de mi lista por falta de tiempo. Pobre. He aquí una de esas veces en que dejas pasar lo importante por lo urgente. Error. En ocasiones, hay que olvidarse de lo demás y hacer lo que uno tiene que hacer.

Así que me voy a permitir un pequeño fallo, un traspiés.

Voy a ser indulgente conmigo misma, y me voy a dejar esta semana llegar tarde y un poco mal, con un post pequeñito, diminuto para lo que suelo escribir.

Vas a fallar, alguna vez. No te lo tomes demasiado a pecho.  

 

En ocasiones fallamos. Lo ponemos todo de nuestra parte, y nos equivocamos. O algún factor ajeno a nuestro control sale mal.

A veces no damos para más, no nos esforzamos, nos sentimos vencidos, no ponemos toda la carne en el asador, no lo hacemos con ganas, no nos apetece.

En ocasiones erramos. Otras lo hacemos mal.

¿Bueno, y qué? Te has equivocado, no te ha apetecido acabar el trabajo, lo has hecho mal, has elegido mal.

Has elegido, mal
Pocas veces tus errores van a tener consecuencias tan… funestas

 

Permítete fallar de vez en cuando, respira, observa tus errores, tus comportamientos. Asume que lo has hecho mal, pero sin autoreprimendas crueles llenas de veneno. Que nos conocemos.

A veces hacemos las cosas mal. Obsérvate, analiza el por qué. Acéptalo, sin sentirte mal y sin culpabilidad.

Aprende.

Sigue.

La mayoría de las veces el resultado no va a ser tan grave, nada que no se pueda arreglar.

O puede ser, que, como yo, acabes escribiendo el post igual, solo que unas horas más tarde

3 comentarios en “Permítete fallar

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