Todo el mundo quiere una casa en el árbol

Nuestra casa en el árbol

Nuestra casa en el árbol, de Lea Velez. ¿Sabéis cuánto tiempo hacía que no terminaba un libro entre lágrimas de emoción? ¿Qué me resistía a acabarlo, e iba leyendo unas pocas dulces páginas cada día porque quería saber el final y a la vez no quería que se acabara NUNCA?

Esta novela me ha llegado a la médula, o al intestino, que ya sabéis que yo soy de la que piensa con las tripas. Debería ser lectura obligatoria para padres, amantes, emigrantes, superdotados, gente del montón pasando una mala racha, y cualquiera que alguna vez fue niño y deseó una casa en el árbol.

Playlist de Madres e hijos, porque aunque la novela está llena de referencias a los ochenta y a canciones de las buenas, tipo Bob Dylan, principalmente trata sobre el hecho de que los niños son maravillosos, y los adultos nos empeñamos en verlos como proto-humanos.

Que levante la mano aquel que alguna vez quiso una casa en el árbol.

Todos los niños quieren una. Espera. ¿Los niños no son eso que viene en pequeñas dosis y que a base de agua, alimento y tiempo (que son la misma cosa), se convierten en… personas?

Yo, por supuesto, también la quería, en mi pino, del que ya os hablé aquí.

Yo quería una casa ahí, pero la copa era muy estrecha y mi padre me la cambió por un columpio con dos cuerdas de las que raspan, y una rueda de neumático vieja del taller de su amigo “El ruedas”. El columpio era incómodo, demasiado alto para mí, y colgaba de una rama que quizás no soportara más de 25 kg. Lo adoraba. En qué momento desapareció, no lo sé. ¡Ah! Misterios insondables del universo.

En mi jardín de ahora tenemos dos cerezos, muy jóvenes. Unos pipiolos. Mi hija hace tiempo que me preguntó cuándo íbamos a poder tener una casa en la copa de uno de ellos. Yo le dije que no creía que pudieran soportar el peso. Se decepcionó un poco, y luego me dijo: “entonces hagámosla en el suelo”. Es lo que tienen los niños, pueden solucionar cualquier problema, si se lo proponen.

No sabría explicar el por qué de esta pasión arbórea de la infancia. Quizás es porque en los árboles uno se siente parte del todo, como cuando mira las estrellas en una noche de verano.

(Inciso: Si leéis la novela veréis que Orión tiene una especial importancia, y es curioso, ya que siempre me gustó, porque es una de las pocas que puedes ver estés en el hemisferio que estés).

Nuestra casa en el árbol de Lea Velez.

Me he enamorado de un personaje de la novela. “¿De Tom?”, preguntaréis, que sería el “chico” de la novela. Pues no. Me he enamorado de Ana, la protagonista, por ser tan “poco literal”, como ella no se cansa de decir. Y es que me encanta la gente que no dice solo lo que sus palabras dicen, sino que intenta transcender, darle más significado.

No hablo de ironías o doble sentido, (aunque también me gustan). Hablo de poder debatir sobre la libertad, sobre los sentimientos o la educación en la misma frase en la que mencionas la lista de la compra. Las conversaciones banales no son lo mío. A mí me gusta que me unten de significados. Especialmente en el coche.

Y es que las conversaciones en el coche son las más importantes. Viajar, rodar por asfalto induce al cerebro a un trance de curiosidad, o, según el caso, de nostalgia. Recordamos, preguntamos, ideas vienen a nuestra mente. Como a los pequeños Martin , tres duendes capaces de cambiar el mundo. Porque el mundo es aquello que nos rodea, por lo que, una pequeña (o gran) alteración en nuestro entorno, transforma nuestro momento, y ya sabéis que con hilos de momentos se teje el día.

Vale, sí pero ¿de qué trata Nuestra casa en el árbol?

Esta es la historia de tres niños de altas capacidades (superdotados que se decía en mi época) y de su excepcional madre, quien lucha por darles a sus niños una vida mejor, en la cual puedan ser, simplemente, libres. De que, independientemente de su edad, puedan ser o estudiar lo que quieran, ya sea actores en obras shakespearianas o astroingenieros.

Junto al río Hamble en Inglaterra conocemos varios misterios, y otros personajes, pero sobre todo nos maravillaremos con las preguntas y la sabiduría de los pequeños.

Aunque no hace falta que un niño sea más inteligente que el resto para asombrarnos con sus preguntas. Mi pequeña Aitana se pasa el día preguntando. Y mi forma de responderle es algo sobre lo que esta novela me ha hecho reflexionar.

¿Por qué a veces no le explico las cosas “del todo”, por miedo a que no lo entienda? ¿No debería ser ella la que me dijera: “no lo he entendido”?

El otro día me preguntó porque subía y bajaba la marea. Estando sumergida en las respuestas de Ana para sus hijos, probé y le expliqué como mejor pude que los movimientos están relacionados, entre otras cosas, con la Luna.

Ella me escuchó atenta, no hizo comentario, pero desde entonces me dice cosas jugando en la playa tipo: Deprisa, mami, recoge los juguetes que por la tarde va a subir la marea.

La realidad es que no explicamos cosas a los niños porque dudamos de ellos, porque creemos que no son tan inteligentes. Este es un pensamiento heredado, implantado en la sociedad de la escuela fabricante de obreros mansos. Huelga decir que estamos equivocados.

Por cierto, si queréis leer la historia de la autora, que vale la pena, podéis  aquí.

El duelo.

Otro de los grandes temas del libro es cómo afrontar el duelo, o en general los problemas de la vida. Lo digo siempre, la vida es muy perra cuando quiere, y cuando no, también. Pero en “Joiners House no existen las desgracias”.

Esto podría ser una de esas frases de autoayuda recauchutada, pero en realidad es Lea explicándonos a través de las voces de Ana, Michael, Richard y María, que es bueno abrazar la tristeza. Aceptar los tragos amargos, porque a veces los problemas están llenos de felicidad (en el aprendizaje) y la felicidad puede estar llena de dramatismo, y no por ello ser menos redonda.

Os sonará lo de la felicidad es el camino no la meta. No puedo estar más de acuerdo. Yo soy muy feliz, de verdad, y eso no quiere decir que me pasen cosas malas. Me pasan, como a todo el mundo. Aunque en general soy afortunada, la vida siempre te trae obstáculos. Quizás, si no fuera así , no sería tan divertido.

Seriamos personajes planos en una novela sonsa y edulcorada. No aprenderíamos nada. No mejoraríamos ni ayudaríamos a otros a ser mejores personas, no nos llenaríamos de arrugas, que en realidad son dobladillos de la piel donde uno guarda lo que aprende de las heridas.

No se vayan, que aún hay más.

En este libro encantador hay un par de misterios detectivescos, humor ¡mucho humor!, amoríos, de los obvios y de los que calan al corazón, respeto hacia la sabiduría que encierran las personas mayores.

Nuestra casa en el árbol
Sé que estáis pensando que ha quedado cutre pero el pajarito lo pongo porque tiene que ver con uno de los “misterios”

Hay viajes, hay naturaleza, y hay mucha información curiosa: parece un libro de esos de preguntas-respuestas.

Sobre todo es una novela que me ha hecho reflexionar sobre cómo afrontar la educación: no en plan Montessori ni nada de eso, sino sobre cómo nunca deberíamos apagar la curiosidad de los niños y como el sistema escolar está diseñado para ahogarla.

Si la habéis leído, me encantará que me contéis lo que pensáis de Nuestra Casa en el Árbol.

Os dejo la sinopsis “oficial” que, como casi siempre, no le hace justicia.

Tras la muerte de su marido, Ana decide que la vida de ciudad, las mil extraescolares, los problemas educativos, los infinitos deberes repetitivos y la dislexia galopante de su hijo mayor son demasiado para ella. No puede más. No tiene tiempo para vivir del modo que el sistema le impone y a la vez estar con sus niños. Entendiendo que ella es la mejor «profesora de extraescolar» para ellos, decide romper con todo. Escapa de un mundo derruido y lleno de dolor, vende todo lo que la ata a Madrid y se marcha  al sur de Inglaterra, al hostal inglés que su marido le dejó en herencia.Allí, en Hamble-le-Rice, un bucólico pueblo de pedernal junto a la desembocadura del río Hamble, Ana crea un mundo de humor, un entorno irreverente y liberal, en una antigua escuela de carpintería situada en el borde mismo del agua.Sus hijos, Michael, Richard y María, gracias a su vida en plena libertad, extraerán de sus aventuras y experiencias personales sus propias vocaciones y destinos, demostrando que la excelencia puede alcanzarse a través de la sencillez, sin sacrificar la infancia en favor del futuro.

Planeta de libros

https://www.planetadelibros.com/libro-nuestra-casa-en-el-arbol/245157

2 comentarios

  1. Laila R.
    12 febrero, 2020

    Me gustó mucho esta lectura. Además, compartimos impresiones con respecto a Ana, sus hijos y esa forma maravillosa de aceptarlos y facilitarles sus intereses.

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    1. Cristina Bou
      25 febrero, 2020

      Me alegro que te gustara Laila,es admirable la forma de educar a sus hijos e intentar guiarlos sin aprisionarlos. Fantástico

      Responder

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