Un dios maldijo las vacaciones del emigrante

Acabo de empezar esta lista, por lo que son bienvenidas todas las aportaciones. Además, seguro que la voy a usar mucho; tengo cuerda para rato con el tema de la emigración/inmigración. Hasta estoy pensando que, en la cercana reforma del blog (de la que también estaría encantada que opinarais), voy a dedicar una categoría enterita  al tema.

PEQUEÑO, CHIQUITÍN, PERO IMPORTANTE DETALLE

Antes de entrar en materia, me siento obligada a hacer una pequeña distinción entre dos clases de emigrantes

Cuando yo hablo de emigrantes, hablo de aquella generación mega formada que no encontró trabajo, o que simplemente soñó con conocer otros sitios, o encontrar un futuro mejor. Emigrantes también por amor, por aventura, por desafío. No me refiero en ningún momento a aquellos de la emigración salvaje, aquellos que vienen huyendo de  guerra, hambruna,  pobreza… No quiero entrar en la emigración de papeles inexistentes y espaldas mojadas. Quiero hablar de vacaciones y cosas bonitas, no quiero que me den ganas de llorar. No demasiado.

Porque, si hay algo que tenéis que saber, es que los inmigrantes, como las madres, lloramos mucho. Sobre todo, cuando nadie nos ve, aunque eso quiera decir que lloremos por dentro.

 Lloramos cada vez que vemos un jamón, cada vez que alguien dice “mecaguento”, cada vez que quisiéramos coger un autobús e ir a ver a nuestros seres queridos, y no podemos.En fin, solo nos queda intentar ser feliz.

 

Pero volvamos a las vacaciones

Las vacaciones del emigrante, esos días tan ansiados, que se alcanzan después de luchar contra huelgas de Ryanair o en maratones de 24 horas, como en mi caso, cogiendo prácticamente todos los medios de transporte que salen en el diccionario.

 Y son maravillosas y posiblemente gracias a eso todavía no me he tirado de los más alto del Cerro Condell (mirad el enlace, que las fotos son muy bonitas, incluida la de la cinta de los carabineros).

Pero un dios maldijo las vacaciones del emigrante. Porque cuando llegan esos ansiados días, pasan estas 7 cosas:

 1. Si vives en el otro hemisferio, te saltas el verano.

Obviamente esto no aplica para todos aquellos que sois emigrantes pero no os habéis cambiado de hemisferio.

Pero para los que estamos boca abajo, ir de vacaciones en verano (nuestro verano) significa que acabamos viviendo un invierno de 7 años, como si de  Westeros-Siete Reinos (frikada de Juego de Tronos) habláramos.

Y esto, para una valenciana, joder, es muy duro. Que yo llevaba sandalias cinco meses al año. Que la media de días soleados es de 340, leñe.

Muy duro.

Pero es lo que hay.

Este año, que fui en verano (vuestro verano), me encontré que casi no tenía ropa de estación, y la que tenía podía haber salido en un episodio de Cuéntame.

Cuéntame
Hace años que dejé de ver esta serie, ¿ya han pasado nuestros días y viven en un futuro post-apocalíptico plagado de zombies?

 

2. Engordas quinientos kilos hasta aborrecer las tapas

 

Da igual lo que te cuides el tipito (o no) o lo mucho que vayas al gimnasio (o no) el resto del año en tu país/ciudad de adopción.

Cuando llegas a tu tierra te revientas a comer. Si no es porque tu madre te ha hecho tu plato favorito (gracias mamá), es porque has salido con tus amigos ochenta veces en un mes a tomar cañas y tapas.

Yo siempre me quejo, pero es que me lo busco yo sola.

Mis primeras palabras al llegar al aeropuerto son, por este orden:

  • ¡Hola!
  • El viaje bien
  • ¿Me has traído curasanes de chocolate?
  • Bravaaaasss

 

3. Son tus vacaciones, pero tienes un horario digno de West-Point.

 

El día que se te ocurre decir en los benditos grupos de whatsapp que vas para tu casa, te empiezan a llegar mensajes tipo: ¡Hola! ¿Vienes ahora? ¿Cuándo quedamos? ¡Tenemos que hacer una paella (sustituir por lo que sea que hagáis en vuestra lugar)! ¡Unas cañas! Un café, otra de bravas…

No te preocupes demasiado, pequeño padawan emigrante. La sensación de no tener tiempo para nada es habitual. Es algo que se aprende a manejar un poco con los años. Si es tu primera vez, va a doler un poquito y no vas a saber qué hacer.

Consejo: relájate y se natural

 

¿De qué estábamos hablando?

Me explico:  si te ha escrito fulanito, que fue muy amigo tuyo en la guardería, y luego como mucho os solíais ver una vez al año, NO QUEDES CON FULANITO.

Así de simple. Confía en mí que ya he vuelto muchas veces.

Más vale que quedes con tu mejor amigo tres veces, que quedes con tres “amigos” una vez.

Lo vas a disfrutar más, y vas a tener la sensación de haber cumplido tus expectativas respecto al viaje.

De todas formas, te aviso de que no hay quien te salve del horario marcial. Tipo: “Hoy he quedado a almorzar con Pablo, a comer con mi hermano, a tomar café con Majo, y a cenar con los tíos”(Caso de estudio real).

Esto suele acarrear dos consecuencias:

  1. Vomitar
  2. Acabar hasta el c+++ o hasta los h+++++ según tu caso.

Be natural my friend. Queda con quien te apetezca, y además guarda tiempo para ti.

¿Cómo? Organizando tus preferencias de vacaciones, no tu horario. Piensa en lo que quieres hacer; deja tiempo para improvisar. Tu estómago y tus nervios te lo agradecerán.

 4. Tus amigos son/están/se han vuelto raros.

 

Hace muy poquito hablé de los cambios, de los nuevos comienzos y los viejos finales, así que no me voy a extender mucho.  

En algún momento, vas a sentarte a una mesa, y vas a descubrir que te sientes extraño rodeado de los de siempre. Quizás te parezcan que han cambiado. Puede ser, la gente evoluciona con los años y con las circunstancias, como por ejemplo ser padres.

Pero me atrevería a decir que el has cambiado has sido tú.

 Has salido de tu ambiente, te has visto obligado a crecer, a adaptarte a una nueva cultura, a otras costumbres, incluso si solo has cambiado de ciudad.

Ahora eres distinto, quizás hasta hables distinto y digas “tronco” si vives en Madrid, o “al tiro” y “cachai” si vives en Chile.

Has conocido otra gente, distinta, quizás diametralmente opuesta a los de antes. Posiblemente, te has dado cuenta de que no son tan malos.  

Si te sirve, nos pasa a todos. Aunque con tus amigos siempre te unirá la historia.

 

5. En lugar de irte de viaje por el mundo, tú gastas las vacaciones en casa de tus padres tomando café.

Tus amigos, de aquí o de allá, te cuentan que se han ido de vacaciones a Tailandia. Tú les cuentas que hiciste “lo de siempre”.

Porque en tus vacaciones tú vas a la rutina de antes. Tomar café en casa de tus padres, ir a ver a tus abuelos. Y si tienes hijos ya ni te cuento.

Es un sentimiento universal del emigrante, tener que decidir entre ir a ver a los tuyos o irte de viaje. No te sientas culpable.

 Creo que lo sano es que haya un equilibro. No puedes siempre estar sin ver ningún otro sitio, gastándote todos los ahorros en volver. Tienes que seguir viajando, viviendo. Aunque a veces a los tuyos les duela. Yo creo que los que te quieren de verdad lo entienden.

Como paliativo, intenta escaparte, aunque sea un día, y visitar algún sitio que no conozcas de tu tierra.

Y esto enlaza con el siguiente punto:

 

6. Te remuerde la conciencia, hagas lo que hagas.

 

Los remordimientos van cosidos con alambre al hecho de ser emigrante. Cuando vuelves, te planteas qué carajo haces en el otro lado del mundo, cuando tus abuelos, tus padres, tus sobrinos se hacen mayores. Te das cuenta de todo lo que te has perdido, que básicamente se resume en tiempo.

Te has perdido su tiempo: días, meses, años.

Además, hagas lo que hagas, no vas a poder estar cuanto ellos quisieran con todo el mundo; no vas a contentar a todos. 

Ojalá tuviera algún consejo que darte sobre cómo afrontarlo, pero la pura realidad es que no lo tengo. Si tú tienes alguno, cuéntamelo en comentarios, que falta me hace.

Solo puedo incitarte a pensar de manera egoísta, y decir que esta vida es la tuya, y tienes que vivirla tú. Tienes que tomar tus decisiones, tu camino. No puedes darle al stop por los demás. Pero ni yo me creo esto.

 

 7. Las despedidas en el aeropuerto son un drama.

 

Años y años de películas lacrimógenas se nos han tatuado en la retina, y cada vez que ves a familias despedirte en el aeropuerto te entra el drama.

No sé, será el simbolismo de pasar un arco, e ir a otro lado, donde tus familiares no pueden estar. Será eso. O las luces del duty free y los souvenir de andaluzas, aunque estés en Bilbao, o tener que pasar por el detector hasta los calcetines…

No sé qué es, pero todos nos ponemos melancólicos.

Lo bueno, o lo malo, es que al final del camino, te espera tu sofá. Eso siempre ayuda.

 sofa

¿Qué tal fueron tus últimas vacaciones en casa? ¿Te sientes identificado?

3 comentarios en “Un dios maldijo las vacaciones del emigrante

  1. ¡Me encanta tu artículo! Y me siento muy identificada. Cada vez que vuelvo a España por “vacaciones” sufro algo de estrés; me resulta imposible llegar a todas partes (sin tener vehículo ni casa propia allí, porque familia y amigos viven en provincias diferentes).

    Este octubre vuelvo a escaparme una semana y ya estoy haciendo ahora una lista de sitios a donde ir + gente a la que ver mientras intento encajarlos como fichas del Tetris en un calendario apretado.

    Otro “problemilla” que afrontamos como emigrantes son las maletas cargadas el triple a la vuelta, al menos en mi caso, que no me cabe todo. Las lleno de libros y productos del país… alguna vez me las han hecho abrir en el aeropuerto porque algunos embutidos dan problemas con el escáner de seguridad XD

    Por suerte, yo no cambio de hemisferio (ni de franja horaria por bien poco).

    Un besote y ánimo con los viajes que haya por delante 🙂

    1. ¡Muchas gracias Montse! Pues sí, lo de sufrir estrés en vacaciones es algo que nos toca casi siempre a los que vivimos fuera. Yo creo que lo importante es hacer lo que a uno de verdad le apetece, aunque eso suponga ver a menos gente; y sobre todo intentar no llevar un horario militar. Lo de las maletas da para un post en sí, jajjaja. Imagínate que Chile tiene una de las aduanas más restrictivas del mundo… ¡Un saludo y disfruta de las vacaciones!

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