El secuestro confesado o el porqué de este blog.

 Lo primero: Dale al play

Lo segundo: He venido a confesar un secuestro.

Durante años he tenido secuestrado a alguien.

 

He estado viviendo mi vida con ella encerrada en el sótano. No me entiendas mal, la he cuidado bien. No iba a dejar que se muriera. A otros les pasa, soy consciente. Pero yo no hubiese podido permitir algo así. Todos los días le alimentaba, todos los días le visitaba. Visitas llenas de pasión, de celos, de golpes, de reproches. De amor. Porque le quiero. Tanto como a mí misma. Eso es cierto.

Por eso un día me di cuenta que no era justo tenerla encerrada. Me di cuenta que estaba privándole de ser, de vivir la vida que yo sí estaba disfrutando. Así que abrí la puerta, le quité las cadenas de sus magulladas muñecas, y la dejé salir.

Lo primero que hizo, fue asomarse al jardín. Tocar la hierba, recibir el sol en la cara. Después, fue a la cocina, se preparó un café (con leche, que es como le gusta) y salió de nuevo. Inspiró hondo, y una idea se coló en su cabeza.

Soy idiota.

Por no decir gilipollas. O mejor, estoy haciendo el idiota. Por no decir el gilipollas.

 

Así me sentí hace un poco más de un año. Para ser exactos el ocho de marzo del 2017. Sí, día Internacional de la Mujer. Pero también el primer día de la guardería de mi hija. Tras dejarla en la puerta sin que soltara ni una lágrima ni media, volví a casa y me senté en la terraza de mi pequeño jardín. Me preparé el segundo café del día. Y me di cuenta de que estaba haciendo el idiota con mi vida. 

¿Qué coño hago siendo profesora de inglés, y antes jefa de reservas, y antes recepcionista y antes guía turística, y antes dependienta en una tienda de surf…? ¿Qué hago suplantando la vida de otra persona? ¿Acaso robar identidades no es un delito?

 

Con el navegador lleno de pestañas de páginas busca-trabajo, y a mitad de rellenar un currículum de esos infernales en los que te piden hasta el tipo de sangre, me di cuenta de que mis cóncavos pies se encontraban en el borde de una cornisa del Gran Torre Santiago (el edificio más alto de Latinoamérica, y sí, para vuestra información, está aquí en Chile).

Si daba un paso adelante, encontraría un trabajo. Otra vez. Y a vivir la vida. Y feliz, oiga. Que otra cosa no, pero yo esté dónde esté soy feliz, porque ser feliz es una actitud, no una circunstancia. De esto mejor ya hablamos otro día que si no me lío y no acabo.

Me pasa mucho, lo de empezar varios temas a la vez.

Ya me iréis conociendo. Tal y como yo lo veo, la vida no es algo que se pueda compartimentar; es un continuo, donde todo se relaciona con todo. Yo no dejo de hablar de algo nunca; simplemente, aparto el tema hasta que haya que retomarlo. Parafraseando a un conocido psicólogo, me limito a abrir otra caja, y dejar la anterior abierta. Para que sigan saliendo cosas.

 

Así que mejor os armáis de paciencia a este respecto. Sé que a veces resulta un poco confuso, barajar tantas historias a la vez. A menudo continuo una conversación donde la dejé, no importa cuánto tiempo antes, y me resulta extraño que la gente no me siga. Pero he aprendido a tolerarlo; parece ser que es una habilidad genética que no todo el mundo tiene. A mí me viene por parte de madre, que es capaz de hablar durante más de quince minutos seguidos  sin mencionar el sujeto de ninguna frase.

¿Qué estaba diciendo? Ah sí, que por poco me pongo a trabajar jornada completa otra vez.

 

Y lo dicho, seguro que hubiese sido feliz. Si a mí me encanta hablar con gente, casi siempre, más o menos, depende de con quién. En todos los trabajos que he tenido he disfrutado y aprendido muchísimo. En todos he encontrado gente que se ha llevado un trozo de mi corazón, o un escupitajo de los verdes. Todos me enseñaron algo. De todos he sacado historias.

 

Y aquí viene el quid de la cuestión.

Yo llevo toda la vida contándome historias. A mí, para mí, a otros, para nadie. Es lo que más me gusta hacer.

 

Hasta ahora, estoy contenta de como he vivido mi vida. No me arrepiento de las decisiones que he tomado, no me arrepiento de no haberla dejado salir antes, a aquella que tenía secuestrada. Bueno, quizás un poco.

Pero, entendedme, necesitaba vivir, estudiar, experimentar, amar, sufrir, viajar, vivir en otros países (en tres, para ser exactos), tener un trabajo estable, prosperar en mi carrera, aburrirme hasta la muerte con ello. Horrorizarme ante la idea de seguir sentada en la misma silla hasta los 70. Necesitaba llorar y reír hasta ahogarme. Y parir y criar, que de por sí es vivir una vida entera.

Solo entonces podía dejarla salir.

 

Cerré el navegador, aquel ocho de marzo, tan cercano y tan lejano a la vez. Abrí el Word, y me puse a escribir.

Y de una manera tan sencilla, tan simple, tan fácil, empecé a hacer lo que siempre quise hacer.

 Escribir. 

Y AQUÍ ESTAMOS.

 

Ha sido un año en el que no he dejado de trabajar, por utilizar una expresión de Ana Gonzalez Duque en un “trabajo nutricional” (aquel que necesitas para pagar las facturas), pero tampoco de escribir. Varios relatos, un sinfín de ideas que esperan su oportunidad, dos novelas.  Una en el horno todavía, la primera apuntito de publicarse en Amazon (mientras puedes leer los siete primeros capítulos gratis aquí ).

Ahora ya sé que nunca voy a poder encerrarla de nuevo. Ya no voy a poder parar de escribir. Resulta que llevo el veneno (de las letras) en la piel, en las venas. Si no me creéis, mirad la foto:

 

Cristina Bou

 

Y, si no paro de escribir, no paro de escuchar.

 

Porque para mí, la vida tiene banda sonora. Incluso cuando escribo. Sobre todo cuando escribo. He decidido juntarlo todo aquí, así como en batiburrillo, como quien abre el armario de vuelta de vacaciones y cocina con lo que queda. Tengo claro que en ocasiones queda una mierda y te toca llamar al restaurante chino de la esquina,  pero en otras te sorprendes a ti mismo con algo exquisito, con una mezcla de historias de las que saben bueno y calientan la barriga. Y eso es lo que te vas a encontrar aquí. “¿Una mierda?”. “¿El teléfono del chino?” Nooooo.

 Historias con canciones y canciones con historia.

 

Una banda sonora para cada día. Para cada momento. Para cuando te duches, para cuando estés triste. Para cuando te pongas el mundo por montera. Para mandar a la mierda a tu jefe. Para no estampar a tus hijos cuando tienen una rabieta. Para deshacer la cama, para fregar, para bailar, para correr, para reír.

              Sed bienvenidos a mi casa. Estoy deseando que me contéis qué os parece.  

6 commentarios

  1. […] mi anfitriona Cristina yo también soy muy feelgood, en lecturas y […]

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  2. […] En el hotel donde trabajaba antes tuvimos una serie de quejas porque se me ocurrió cambiar la descripción de las habitaciones familiares y ser un poco más “creativa” (es que ya se me veía el ramalazo, y eso que todavía andaba con la otra secuestrada). […]

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  3. amparo
    16 abril, 2018

    Me encanta, Cada frase que dices engancha. Cuanto tengo que aprender de ti.

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    1. Cboup
      16 abril, 2018

      Esto es como que Yoda le diga eso a un pequeño Skywalker… ¡Solo me fijo en lo que hacen las mejores, como madremadeinspain! ¡Pero me alegra que te guste!

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  4. Ester
    16 abril, 2018

    Los sueños y los demonios viven por años encerrados en el sótano, luchando por sobrevivir. Me alegro que la música y la constancia hayan liberado lo bueno que estaba escondido y podamos disfrutar de ello. Tu sonrisa y tú erais encantadores antes pero ahora tienes mil vidas por contar.

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    1. Cboup
      16 abril, 2018

      Mil gracias Ester… Por mi parte solo espero que tú liberes los tuyos, montes el blog ¡Y poder copiar esas maravillosas recetas tuyas!

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