El camino de la memoria

Este año he ganado el segundo premio de “Curicuentos“, el concurso literario de la ciudad donde vivo, Curicó. No puedo estar más feliz al respecto, no solo por el puesto, sino por lo que significa para mí este cuento.

Os cuento (valga la redundancia), con la playlist que utilizaba para ir a Iloca.

El origen de el Camino de la Memoria: El taller de Escrituras de la Memoria

Si de vez en cuando has visto mis redes, sobre todo Instagram, verás que en agosto y septiembre estuve realizando un taller para adulto mayor/ jubilado en Iloca, de la mano del Bibliomóvil Licantén y Fundación La Fuente.

El camino a Iloca desde Curicó son, para alguien como yo que no está acostumbrada a conducir, dos horas y casi y cuarto. Dos horas de curva y montaña, de camiones, gente adelantando como en un Formula 1 y tractores yendo a 20 kilómetros hora.

Pero, con cada lunes que pasaba, el camino se me hacía más corto. Me pasaba la mañana esperando que llegara el momento de salir, de recorrer ese camino de la memoria, por dos motivos:

  1. Tener dos horas conmigo misma, la música y el volante. Dos horas de divagar, reflexionar, soñar. Dos horas de quietud y a la vez de atención. Un regalo en esta vida de prisas.
  2. Llegar y encontrarme a mis chicas deseosas de comenzar, con ganas de leer lo que habían escrito.

No os podéis imaginar lo gratificante que fue verles escribir, trabajar en el ejércicio que les proponía, que ya sabéis que no son nada, solo pequeñas ideas o trampolines, una pala, una excavadora, para sacar lo único que importaba en este espacio: plasmar su memoria, su vivencia, esa que no queremos que se olvide.

Así, me encontré con pintoras, tejedoras, y gente que no había escrito una palabra en su vida. Sobre todo, con gente que tenía ganas de hablar, de gritar, de no olvidar.

Recuerdo perfectamente el día que se me ocurrió pedirles que escribieran sobre algo que les asustaba, en una frase. Uno de los señores que alguna vez venía, y cuyo nombre recuerdo pero no quiero citar, escribió:

Tengo miedo a morirme en la noche, solo, y que nadie se de cuenta en días.

Y creo que es uno de los microcuentos más tristes que jamás he leído, por todo lo que encierra.

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Un momento de reflexión.

Como os decía, no solo era feliz yendo a la posta de Iloca por pasar tiempo con el grupo de Adulto Mayor de la zona. Una zona, dicho sea de paso, un tanto olvidada del gobierno local. Es Iloca un balneario conocido en el Maule, donde la gente pasa el verano, de arenas negras y agua fría, pero con buen pescado.

La mayoría de la gente vive del turismo o la pesca, o de ambas, y, aunque mis escritores en ciernes estaban jubilados, todos trabajaban. No tienen más remedio si quieren llegar a fin de mes. Para que luego la gente no entienda lo que está pasando en Chile.

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Lo que os estaba contando: era para mí un momento de reflexión. También de invención, de imaginar historias que ya han empezado a fluir desde las yemas a las teclas.

Cuando me enteré del concurso Curicuentos, le confesé a Patricio, el encargado del Bibliomóvil Licantén, que este año no sabía de qué escribir. Otros años me dio por suspense, paranormal y terror, y los podéis leer aquí.

Patricio me dijo, ¿y por qué no escribes de este camino? ¿Del taller? Y tenía toda la razón.

Por eso es tan importante, tan significativo para mí haber ganado este premio. No por el premio en sí, sino porque encierra todas mis vivencias de aquel mes, todo lo que tuve el honor de escuchar de aquellas personas que me trataron como a una nieta pródiga, de esas que nunca se ven, pero que alegran cuando vuelven.

(Dicho sea, hay mucha ficción en este texto, que ya sabéis que los escritores mentimos cuando escribimos, aunque sea en primera persona).

Y aquí lo tenéis, El camino de la Memoria. Me encantará saber qué pensáis de él.

Relatos: El camino de la memoria.

Nunca me gustó manejar.

Esto es mentira. Hubo un tiempo en que sí me gustó, en que adoraba el cuero del volante, la música acompañando la carretera. Los árboles difuminándose en estelas verdes. Pisar el acelerador y notar cosquillas en el estómago. Después me estampé contra un camión, y todo eso cambió.

Ahora, tras tantos años de sequía, el deber me llama, cuando deber es sinónimo de trabajo, y me sorprendo recorriendo las carreteras del Maule. Y así, poco a poco, con cada empuje de sístole-diástole, vuelvo a encontrar mi forma en el asiento, bajo la ventanilla para percibir el olor de las viñas, descubro los colores de la alameda de Villa Alegre, o los pórticos de Yerbas Buenas. A propósito, pregunto a mi compañera que chequea el móvil en el asiento de al lado. Sí, así eran casi todos los pueblos antes del terremoto, también Curicó. Me sorprende, y me cuesta imaginarme un Curicó colonial y no lleno de aparcamientos.

Entonces, un día el viento gira y alguien se le ocurre que puedo dinamizar un taller de escritura para adulto mayor en Iloca. ¿En Iloca? Solo fui una vez, cuando acaba de aterrizar en Chile. Era otoño, hacía frío, la arena era oscura, al mar no le caí muy bien, compré pescado en una caleta y papayas en un bote y regresé a Curicó. Obviamente, dije que sí.

Último lunes de agosto. Me siento al volante como si me fuera de vacaciones. Escojo la música con detenimiento, me pongo mis gafas de sol que parecen llevar filtro «Aden»: todo se ve de color rosa. En los intestinos me corretean las mismas hormigas que cuando era pequeña y subía a los juegos de la feria ambulante. A esos que daban la vuelta entera.

(Aunque voy conduciendo, miro el móvil, pero no hay ninguna notificación. No ha escrito; quizás siga en clase).

Repaso mentalmente: no creo haber olvidado nada. Llevo lo más importante, el cuaderno, aquel donde escribo todo, agenda, diario, confesor. Casi no restan hojas. Resoplo. Me he prometido a mí misma que una vez se acaben, se acabó: tendré que tomar una decisión. O me quedo, o me voy.

(Sonrío ante la idea de que mi cuaderno se ha transformado por arte de magia en reloj, y las hojas en días, horas, minutos. Dibidibadibú, transmutación instantánea. Mariposa de cuero y papel).

Ruedo por la carretera como una mano ajena baja por vez primera la cremallera de un vestido. Temeroso, suave, despacio, desliza. La carretera, mi amante, que largo tiempo me ha esperado, se deja desnudar, tranquila, paciente. Ella sabía que volvería.

Vetusta Morla de fondo. Dejo que la canción me lleve. La repito y repito, porque eso me pasa cuando me obsesiono con algo.

(s.u.s.l.a.b.i.o.s)

El camino es camino chileno; me explico: es una carretera con un carril para allá y otro para acá. Circulan camiones, corredores de Formula 1, algunos que andan sin prisa y gente que hace lo que puede, como yo.

Lo rodea el campo, poblaciones que surgen y desaparecen en un suspiro. Vacas, ovejas, caballos. No de esos altos y lustrosos, sino de los recios, acostumbrados a trabajar de sol a sol. El campo es duro e ingrato, pero aun así ellos lo intentan cada día. Caballos del Maule, que saben lo que es ser huaso.

Desde mi inconsciencia de niña criada en ciudad y de extranjera, me pregunto por qué a alguna gente le avergüenza esa palabra: huaso. Pienso que no se dan cuenta del patrimonio que les corre por las venas, de la suerte que es tener una identidad de hierba y lluvia, de esfuerzo y pugna con las tormentas y sequías. La mía es de plástico y cemento.

(Adelanto a dos hombres a caballo, manta y bonete incluido. Sonrío hasta que recuerdo que el móvil no ha sonado. No has escrito, pero ya has salido de clase. Me muerdo el labio hasta que me hago daño, y cambio la canción).

Veo gente en pijama y gallinas en el borde de la carretera. Carteles que anuncian sandías, tomates, colaciones, cabañas para amantes.

(s.u.m.a.n.o)

Paso por un jardín infantil y la culpa en forma de nombre de mi hija me invade. Porque estoy en la carretera, estoy disfrutándolo, pero llegaré tarde y quizás ya esté dormida. Los remordimientos, esos cristales de vaso roto cosidos al concepto de maternidad. Pinchan, duelen, y no hay forma de barrerlos: hagas lo que hagas siempre aparecen más.

(Suena Lucha de gigantes, y me entran ganas de llorar).

Subo la costa Colorada y el Mataquito se subraya con el amarillo de los aromos, que comienzan a dorarse con el último sol de invierno. De pronto soy consciente de que ya estoy atravesando Hualañé. La carretera me ha traído sin que yo me percatara de ello.

 (Me viene a la mente mi padre, en la prehistoria, en otro continente, parando a comprar agua en una carretera que cruzaba por medio de otro pueblo, cuando no existía aire acondicionado en los coches ni internet).

Giro la enésima curva, y el mar me inunda. Llegar al mar, para mí, es llegar a casa. Llegar a lo conocido, a la arena en los pies y la sonrisa en la boca. Al abrazo de mi madre y al beso de las olas. A la espuma en las venas y a la risa de los guijarros y el agua. Llegar al mar es abrir la puerta de los recuerdos.

Así que lloro. Con ganas. Lo observo de reojo todo lo que puedo, sin apartar demasiado la vista de la carretera. Llego a La Pesca.

 (Trago saliva. Inspiro. Intento calmarme. Entonces me acuerdo de ti, y vuelvo a llorar. Y veo que en las lágrimas hay dolor de años, pero también nuevo. Y ya no sé si voy a aguantar todas las hojas que restan).

Freno de golpe. De la nada ha aparecido un chaleco amarillo que alza una señal de stop. De pronto, odio al hombre que la sujeta, y que tiene pinta de llevar haciendo lo mismo todo el día: esgrimir el poder para interrumpir tu marcha, tu vida, para decirte que no puedes pasar. Para disponer de tu tiempo como le place, sin consultar. Y yo, yo estoy harta de que me digan lo que puedo y lo que no puedo hacer.

(Lo aborrezco, meto la primera. Lo atropello. Pum. Fuera señor, fuera señal. A la mierda. Me rio. Sería gracioso, hacerlo, atreverme).

Por supuesto, paro el motor. Espero paciente, incluso le sonrío. Soy una buena chica. Siempre obedezco las reglas. Siempre.

(s.u.m.a.n.o.e.n.m.i.m.a.n.o.y.c.h.o.c.a.n.l.o.s.a.n.i.l.l.o.s)

No sé cuándo ha sido pero la señal se ha esfumado y yo he pasado por delante del Hotel Iloca. Por fin llego al taller. Tarde. Me disculpo. Me disculpan. Es lo bueno de ser viejo, que, en realidad, no tienes prisa. El tiempo se te ha congelado, como la cuenta del banco.

Entonces, yo también me transmuto. Durante hora y media, me convierto en un recipiente vacío. Allí, rodeada de memoria viva, siento que todo lo que he venido pensando no tiene importancia. El camino, tú y tu enfado, la rutina, los remordimientos, los anillos chocando, mis dudas, el ansia, todo se borra gracias a ellos, que me premian aun no mereciéndolo con el honor de compartir su historia, y por ende, la historia de Iloca y Licantén.

Me regalan lo segundo más importante que tiene el ser humano: sus recuerdos.

(Lo primero es el tiempo, pero eso no me lo pueden dar, ahora mismo lo atesoran).

Me hablan de carestías, de compartir ciruelos, y yo me siento la persona más consumista del mundo.

Me hablan de soledad, aquella que nadie quiere y todos acabamos conociendo. La ausencia de los hijos, de los maridos y esposas, de los padres. Y yo quiero llorar y abrazarles.

(Tengo que llamar a mis padres).

Les pregunto por olores y sabores, y ellos sonríen, evocan su infancia, también lloran. Y yo no sé si eso significa que lo estoy haciendo bien o mal.

Relatan y escriben sobre cosas que todos los días callan. Sobre un mar violento, desconocido para mí, uno que se lleva a hijos para no devolverlos, o devolverlos hinchados y golpeados. Cebo para peces.

Cuentan y escriben de alegría, de niñez y de adolescencia. De él o ella, que no fue el que se quedó a su lado. Fue el que se clava en el alma, porque los besos que no se dan son los que se quedan tatuados.

Escriben sobre miedos, sobre amor, sobre su verdad, que es la única que importa. Sobre hechos que nunca pasaron, sobre leyendas ciertas. La vida corre más rápido en esta habitación. El tiempo aquí también se mide en hojas con tinta. Ellos quieren contar, y yo saber. Pero, a mi pesar, acabo el taller, debo volver, se me hará noche en la carretera.

Conduzco mientras recuerdo las historias, intento grabarlas en mi memoria a fuego. Incluso imagino cómo hilar la trama, los personajes, el hijo que fue abandonado y que a su vez, cuando fue padre abandonó, en un bucle fatal del universo. Porque el universo siempre lo tiene todo pensado, y le gusta dar golpes de efecto.

(Esa será la primera frase, engancha, dan ganas de continuar leyendo. Capítulo 1).

Veo claramente la historia, presta para escribir, iluminada delante de mí, no como la carretera, oscura y negra al igual que las cosas que me han contado sobre la dictadura.

(Eso es muy importante, los fusilados).

«El universo lo tiene todo pensado, y le gusta dar golpes de efecto». Sonrío. Es una frase que ilumina tanto como los focos del camión que viene de frente, que me deslumbra (mierda) , doy un volantazo hacia la derecha (a la derecha solo está el .r.i.o)  (….) (t..q.u..e.r.) (t…u..o)(…….)

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